sábado, 13 de marzo de 2010

Todas las batallas perdidas


por Miguel Hidalgo Prince, 1984

Mi mujer decía que las cosas iban a mejorar. Y podía adivinarse en sus palabras y en la expresión con que las decía, algo de esperanza. Pura y neta. Ah, mi mujer y sus cosas. Por mi parte, lo veía difícil, por no decir imposible. El apartamento estaba guindando con la tercera hipoteca y el negocio iba en picada. Por aquella época era difícil vender seguros. Mireya decía que el truco estaba en transmitir, precisamente, seguridad. Mi problema radicaba ahí. Bastaba con verme la cara para convencerse de que nada podría llegar a algún lado. De lo único que estaba seguro era que las cosas iban realmente mal.

Mireya era la novia de mi mujer. Para hacer el cuento corto, se había instalado con nosotros desde que Julio, el consentido de la casa, había pasado por su cuarta rehabilitación. Mi mujer la conoció en un seminario de feminismo, años atrás, incluso antes de haberme conocido a mí, pero nunca había sentido la verdadera necesidad de explorar a fondo su sexualidad. Tuvo que esperar a estar casada conmigo y a que las cosas estuvieran como estaban. Se reencontraron un día en la calle y fueron al Burger King de Los Palos Grandes. Mi mujer le contó todo a Mireya, y cuando digo todo, me refiero a su situación conmigo y el problemita de Julio. Eso era todo, y era más que suficiente. Mireya no la tuvo fácil y la convenció de que era preciso romper las ataduras genéricas impuestas por el hombre. Esa noche, mi mujer no regresó a casa y nuestro mundo empezó a caerse en pedazos. Pero no me puedo quejar. Una vez fui joven y también cometí errores, quizás demasiados y en demasiadas ocasiones, y mi mujer siempre estuvo ahí para apoyarme. Así que cuando entró por la puerta a la mañana siguiente, acompañada por aquella marimacha y decidió que había un nuevo miembro en la familia, no me quedó más remedio que aceptarlo. Después de todo, aquello no podía durar para siempre. Al menos eso creía yo.

Y también estaba el asunto con los vecinos. Ninguno nos quería. No nos devolvían el saludo y nos trancaban las rejas en la cara. Una vez fui a pedir un alicate a los de enfrente y ni siquiera abrieron la puerta. Sabía que estaban viéndome por el ojo mágico, pero nunca se dignaron a abrir la puerta. Sospecho que parte de la culpa la tenía Julio y su pandilla. Desvalijaban los carros y se robaban las lámparas de los pasillos, sin olvidar que dañaban el ascensor (se orinaban en él y hacían grafitis en el espejo), se metían porquerías en las escaleras y hacían guerras de minitecas en las madrugadas. Debo decir que tampoco pagábamos condominio. Debíamos quince meses. Estábamos por batir un record. Nos cortaron el gas y amenazaron con cerrarnos la llave del agua. Tuve que pedirle prestado a mi hermano, el único que tengo, y me sacó del pantano con la condición de pagarle intereses. Lo que me dio un breve respiro. Pero a la larga cerré mis cuentas de banco. Vivía de lo que ganaba de vez en vez.

Luego vendimos el carro. Un Chevette rojo cereza del 89 que le regalé a mi mujer cuando cumplimos diez años de casados. Recuerdo cuando el tipo fue a buscarlo. Mi mujer le dio las llaves y luego me tomó por un brazo, hincándome suavemente las uñas. El tipo nos dio las gracias y dijo algo que no escuchamos, o al menos que yo no escuché, y se montó en el Chevette. Tras encenderlo, retrocedió y dio la vuelta. Cuando se alejaba, pude ver por última vez, la etiqueta de Pepe Le Peu que Julio había pegado en el vidrio trasero cuando apenas tenía cinco años.
Después empecé a vender seguros. Fue gracias a un amigo que me dio el dato. Me dijo que estaban buscando vendedores en la empresa en la que trabajaba. El sueldo no era como para alardear, pero algo era algo. Y la comisión a final de año daba para unas buenas vacaciones. Pero había que vender mucho y la verdad es que yo estaba entre los peores vendedores. Y por otro lado, mi mujer estaba desempleada. Decidieron no renovarle el contrato en el Instituto. Creo que había varias razones. Una de ellas era que descuidaba su aspecto. Otra era que faltaba mucho y sin motivo. Yo no lo podía creer, pero tampoco me tomó por sorpresa. Ya aparecerá algo, me dijo para tranquilizarme, o quizás para tranquilizarse ella misma. Por si fuera poco, Mireya se trajo dos maletas más al apartamento.

Lo mío era el sofá. Por las noches me quedaba en la sala con el televisor encendido. Veía infomerciales hasta que me dormía. Aunque para ser franco, dormía poco y mal. Me dolían los ojos y me temblaban sin ningún motivo. Los sentía moverse dentro de mi cabeza, como si quisieran escaparse de mi cara, despegarse del nervio y salir corriendo. El médico dijo que era el estrés. Me recetó píldoras, pero la salud es costosa.

Un día me desperté muy temprano y con un humor pésimo. Si tuviera los recursos y el tiempo, habría hecho estallar el planeta entero, pensé. Todo es recursos y tiempo. Sobre todo tiempo. A mí me faltaban las dos cosas, por no decir todo. Para colmo, sentía que me estaban arrancando los brazos, las piernas, las orejas. Como cuando un niño juega al torturador con un bachaco. Y quedaba claro que yo era el bachaco. Pero decía que me desperté muy temprano. Aún no había salido el sol. Abrí los ojos y me vi las manos. Hacía un frío que pela, pero yo ya no sentía nada. Desde niño me había acostumbrado al frío. En mi pueblo no había calentador y el agua era helada. En el apartamento teníamos calentador a gas. Lo puse para mi mujer y Julio. Ellos lo usaban, pero yo no. La cosa es que me sentía diminuto. Aplastado por toneladas de cosas. Y para qué mentir, me sentía asfixiado. Y por eso me temblaban las manos, no por el frío. Pero con todo y eso me levanté. Del sofá, quiero decir. Y fui hasta el baño y hundí la cabeza en mis manos que juntas hacían de cántaro. Me lavé la cara con el agua helada, como en mi infancia. No sé por qué pensé en Julio. Tuve un flashback de cuando estaba en el equipo de natación. Era bastante bueno. Llegó a ganar medallas. Pero algo le pasó en el camino. Ahora casi nunca paraba en la casa. Y no sé por qué, pero también pensé en mi padre. Recordé cuando escupía en el suelo de la calle y me decía si eso se seca y tú no has vuelto de la bodega, te jodo. Y entendí que yo estaba en el medio de aquello. Era una especie de eslabón. Yo era lo que unía a mi padre con Julio. Pero por más que intentara encontrarle un sentido, por más que lo masticara, no lo iba a digerir.

Entré al cuarto de Julio. Estaba vacío, tal como sospechaba. Olía a encerrado. Abrí las cortinas para ventilarlo y me senté al filo del colchón. Le di un buen vistazo a todo. Tenía tiempo sin entrar ahí. De hecho había entrado en ese cuarto muy pocas veces en la vida. Había ropa sucia por todo el suelo y varios platos con comida pegada desde quién sabe cuándo. Los recogí todos y los llevé a la cocina. Los apilé en el fregadero y los puse en remojo. Luego fui a mi cuarto, donde solía dormir antes. Llegué sólo hasta el marco y me asomé empujando un poco la puerta con la punta del pie. Mireya estaba boca arriba, roncando como un kodiak hibernando. Mi mujer estaba boca abajo. Las miré un rato largo sin saber por qué me comportaba de dicha manera. Volví a cerrar la puerta haciendo el menor ruido posible. Fui a la cocina y terminé con lo de los platos. Los sequé y los puse de vuelta en los gabinetes. Hice suficiente café para todos. Es una costumbre que tengo. Aunque a veces se pierda, siempre hago café para todos. Me tomé dos tazas grandes en mitad de la cocina.

Fui a la sala y apagué el televisor. Me puse los zapatos sin medias, tomé las llaves y salí de ahí. Bajé al jardín de planta baja. Estaba amaneciendo pero aún no había luz plena. Vi a una señora que paseaba a su perro. Era la primera vez que la veía. El perro era de los pequeños, blancos y peludos, como de algodón. También era la primera vez que lo veía. Me agaché y llamé al perro para que se acercara. Vino corriendo hacia mí pero a pocos pasos se detuvo y comenzó a ladrarme. Daba risa porque pretendía ser furioso. Con que bravucón, eh, dije. La señora trotó quejosamente detrás del perro. Le sonreí y le dije hola, vecina, a que es una linda mañana. El perro seguía ladrando y gruñendo, pero no engañaba a nadie. Al menos no a mí. Veo que tiene guardián, dije. La señora cargó al perro en sus brazos. No se asuste, no muerdo, dije. Lucía espantada y miraba de reojo para ver si yo la seguía. Intenté mostrarle una expresión confiable. Era mi mejor esfuerzo, pero no logré convencerla. Me quedé así, acuclillado, viendo a la señora batirse en retirada. El perro en sus brazos aún rabiaba y ladraba. Unos ladridos agudos, de juguete. Pero yo no sentía rencor. De hecho no sentía nada. No tenía por qué sentir nada. Hasta entendía lo de la señora y el perro y todo lo demás. El agua del cabello me chorreaba por el pecho y por la espalda. La camisa mojada se me pegaba a la piel. Posé mis manos sobre la grama. Era suave y húmeda. Alcé la vista. Había llegado la hora. No estaba en condiciones de dar pelea, pero sabía que era momento de hacer lo que tenía que hacer. Despabilarme, meterme bajo la ducha, vestirme y salir a patear la calle. Y no debía olvidar mostrar seguridad. Ante todo seguridad.

3 comentarios:

  1. Ajá! yo me acuerdo de este! lo leíste aquella vez en el recital... qué fino, qué gusto leerlo. Realmente me ese tipo al que baste verle la cara para convencerse de que nada podría llegar a algún lado...
    Saludos!

    ResponderEliminar